La familia argentina Tévez vivió lo que considera un milagro durante el doble terremoto que sacudió Venezuela el pasado 24 de junio. Una decisión cotidiana —salir de casa para comprar un cargador de computadora— terminó salvándoles la vida cuando, apenas 15 minutos después de abandonar su vivienda, el inmueble se desplomó por completo.
María Sol Tévez, de 36 años, psicopedagoga argentina, llegó a Venezuela a mediados de 2025 junto a su esposo Edgardo y sus hijos Martín (7) y Simón (2), en busca de nuevas oportunidades laborales y una vida más accesible económicamente.
“Mi marido trabaja en marketing y yo hago de todo, y nos vinimos porque aparecieron posibilidades de trabajo y el alquiler en Buenos Aires se nos estaba haciendo cuesta arriba”, contó Sol en una entrevista con el diario argentino Clarín.
La familia se había instalado en El Junquito, una zona montañosa ubicada a unos 30 kilómetros de Caracas, cercana al estado La Guaira, uno de los territorios más afectados por los movimientos telúricos. Allí habían encontrado una alternativa más económica y tranquila: pagaban unos 200 dólares mensuales de alquiler.
Pero el 24 de junio todo cambió. La vivienda donde vivían desapareció entre los escombros y sus pertenencias quedaron completamente destruidas.
“Lo perdimos todo”, repite Sol al recordar el momento. “Nuestra casa que estaba en la montaña desapareció, no quedó nada y todas nuestras cosas resultaron irrecuperables”.
La familia quedó alojada temporalmente en un pequeño monoambiente en Puerto La Cruz, a unos 320 kilómetros de Caracas, mientras intenta reconstruir su vida. Sus hijos, asegura, todavía procesan los cambios provocados por la tragedia.
La salida que les salvó la vida
Sol recuerda que esa mañana estaban los cuatro en casa. Su esposo debía terminar un trabajo de marketing, pero el cargador de su computadora se había dañado y decidió salir a comprar uno.
“Ese día estábamos en casa los cuatro y mi marido tenía que salir a comprar un cargador para su computadora que se le había roto. Entonces, lo que nunca, aprovechamos mis hijos y yo para salir y nos fuimos todos”, relató.
Edgardo salió por su lado en busca del cargador, mientras Sol y sus hijos fueron a merendar a un bar. Quince minutos después ocurrió el terremoto.
“Por un bendito cargador”, dice Sol al recordar la coincidencia que marcó la diferencia entre la vida y la muerte.
Antes del desastre, la familia había logrado adaptarse a Venezuela. Sol combinaba diferentes trabajos: realizaba tatuajes, vendía perros calientes y buscaba oportunidades en el área de atención a niños con discapacidad. Según explicó, llegó a reunir unos 100 dólares semanales con sus actividades.
“Me las rebuscaba y me iba bien”, afirmó.
Ahora, tras perder su vivienda y todas sus pertenencias, la familia intenta comenzar nuevamente lejos del lugar donde construyó su primera etapa en Venezuela. “Serenamente desesperada”, como ella misma se describe, Sol asegura que todavía intenta asimilar cómo una decisión tan simple terminó salvando a toda su familia.














